La Casa del Conde vuelve a ser referente de Blanca reconvertida en un restaurante y hospedaje con encanto

la casa del conde de blanca
La Casa del Conde de Blanca

Hay casas que no se limitan a estar.
Observan.
Escuchan.
Y, sobre todo, esperan.

En pleno corazón de Blanca, en la calle principal que siempre ha marcado el pulso del municipio, nos encontramos con la Casa del Conde. No necesita alzar la voz. Nunca lo hizo. Su presencia lleva más de un siglo hablando por ella.

La casa fue construida en la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en el que la arquitectura no era solo una cuestión estética, sino una declaración pública de poder. Nació como vivienda señorial de una familia vinculada a la gran propiedad agrícola del Levante, los Trénor, un linaje con raíces valencianas y una fuerte implantación territorial en el sureste español.

No era una casa cualquiera. Era una casa pensada para ser vista.

La fachada neoclásica, el portalón de acceso para carruajes, la rejería de los balcones y, sobre todo, el escudo nobiliario aún visible en su fachada, componían un mensaje claro: allí residía una familia con apellido, tierras y tiempo. En el siglo XIX, eso lo era todo.

La historia de la casa está directamente ligada a la familia Trénor, grandes propietarios agrícolas y financieros. En 1921, el rey Alfonso XIII concedió el título de Conde de la Vallesa de Mandor a Enrique Trénor y Montesinos, formalizando un poder que ya existía de facto desde hacía décadas.

El título hacía referencia al paraje de La Vallesa de Mandor, en Paterna (Valencia), vinculado históricamente a las posesiones del linaje. Aunque el centro simbólico del condado estaba en Valencia, la casa de Blanca funcionó como residencia representativa y de gestión dentro del Valle de Ricote, un enclave agrícola estratégico junto al río Segura.

El primer conde falleció en 1928, sucediéndole su hijo y posteriormente su nieto. Durante esos años, la casa mantuvo su carácter señorial, vinculada a la administración de fincas, a estancias temporales y a la vida social propia de la aristocracia rural.

Como ocurre con casi todos los edificios que sobreviven al siglo XX, la Casa del Conde también conoció decadencia.

Durante la Guerra Civil Española (1936–1939), el inmueble dejó de ser una residencia privada para convertirse en un espacio funcional: fue utilizado como comedor y alojamiento para soldados, muchos de ellos llegados desde Canarias. La solemnidad dio paso a la urgencia. Donde hubo salones, hubo literas. Y las paredes aprendieron que la historia no siempre pide permiso.

Tras la guerra, la casa continuó en manos privadas, pero su papel fue diluyéndose con el tiempo. Ya no era centro de poder, aunque seguía siendo un referente urbano. Una casa que permanecía, observando cómo el pueblo crecía a su alrededor.

El verdadero punto de inflexión llegó en 1997, cuando la propiedad fue cedida al Ayuntamiento de Blanca. El edificio fue restaurado y adaptado para usos públicos, iniciando su transformación en patrimonio colectivo. Desde entonces, la Casa del Conde dejó de pertenecer a una familia para empezar a pertenecer a la memoria común del municipio.

Durante las décadas siguientes, el inmueble acogió actividades culturales, iniciativas turísticas y eventos sociales, consolidándose como uno de los espacios patrimoniales más reconocibles de Blanca y del Valle de Ricote.

En los últimos años, el Ayuntamiento dio un paso más, adquiriendo definitivamente la propiedad e integrándola en una estrategia clara de revalorización patrimonial y turística.

La Casa del Conde conserva su estructura original y unos jardines que forman parte esencial del conjunto arquitectónico.

Dos plantas, ático y un amplio jardín de más de 2.000 m², uno de sus grandes tesoros. En él sobreviven especies botánicas centenarias, testigos vivos de los primeros años de la casa.

Los jardines no fueron un complemento, sino parte del discurso: espacio de descanso, de representación y de control del paisaje. Un lujo silencioso que hoy, más de un siglo después, sigue marcando la diferencia.

Y ahora, la historia vuelve a girar

El edificio ha sido adjudicado por el Ayuntamiento de Blanca a la empresa Taúlla RCS, SL, La Casa del Conde iniciará una nueva etapa como espacio dedicado a la gastronomía y hospedaje con encanto, recuperando su esencia como lugar de encuentro, pero desde una mirada contemporánea. Sus jardines, durante años en calma, están llamados a volver a llenarse de mesas, conversaciones, música y momentos importantes.

La casa y sus jardines jardines suman 2.795 metros cuadrados, y la rehabilitación se ha planteado en dos fases, con una lógica clara: devolver la vida poco a poco, sin forzarla.

La primera permitirá abrir los jardines al público durante los meses de verano, convirtiéndolos en terraza estival, y habilitar los salones interiores para el otoño.

La segunda fase afronta el corazón del proyecto: la propia vivienda señorial. La parte más compleja, la más delicada. La Casa del Conde se transformará en un hotel boutique con encanto, con 12 habitaciones, seis de ellas especialmente singulares, ubicadas en lo que fue la zona privada donde residía el conde. El reto no es menor. Se trata de un edificio Bien de Interés Cultural (BIC), lo que implica un nivel de exigencia máximo.

No se trata de borrar su pasado aristocrático, ni de convertirla en un decorado vacío. Se trata de permitirle seguir haciendo lo que siempre hizo, aunque con otros protagonistas: ser escenario de la vida.

Las casas, como las personas, no mueren cuando envejecen.
Mueren cuando nadie las necesita.

Y esta, después de más de un siglo, vuelve a ser necesaria.
Volverá a ser escenario de buenos momentos.

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